No recuerdo si ya había narrado esto aquí, aunque sí lo hice en la consulta con algunos pacientes. En el verano de 2015 me habían invitado a dar una conferencia sobre Acciones de la GH a nivel cerebral en el Congreso de la FASEB (Federación Americana de Sociedades de Biología Experimental), algo sumamente excitante pues es una Federación que reúne a los mejores científicos mundiales y que ese año tenía lugar en Steamboat Springs, en Colorado, en pleno centro de las Montañas Rocosas. Una maravilla de sitio y nivel altísimo de conferencias, aunque, por cierto, ya de vuelta a casa recibí varios emails de participantes felicitándome y entre ellos uno de una figura mundial, el Prof. Michael Waters, de la Universidad de Queensland, Australia, en el que me decía: “Dear Jesus, your presentation was the highlight of the meeting for me. For 20 years I have been seeking evidence from human studies to verify our original rat studies, and you provided that”. Traducción: “Querido Jesús, tu presentación ha sido lo más brillante del Congreso para mí. Durante 20 años he estado investigando evidencias en estudios humanos que confirmasen nuestros estudios originales en ratas, y tú acabas de proporcionarlos”. Bien, el correo seguía hablando de futuras colaboraciones, etc, pero solo lo cito porque todavía años después me siento orgulloso de aquella invitación y las alabanzas recibidas. Pero no es esto el objetivo de esta descripción tan importante que ahora voy a hacer.
El Congreso duró diez días, y una de las tardes decidí salir a pasear por aquel pueblo tan bonito y me encontré una serie de impecables campos de fútbol. Mientras los contemplaba comenzaron a llegar una serie de autobuses con chicos y chicas, perfectamente uniformados, menores de 16 años, y tras distribuirse por los campos comenzaron a jugar partidos de fútbol. De pronto uno de los jugadores golpeó el balón con la cabeza e inmediatamente el entrenador le dijo que saliera del campo. Intrigado por lo sucedido, al acabar el partido me acerqué al entrenador y le pregunté por qué había expulsado al chico. Su respuesta fue clara y concisa: “La Federación Norteamericana de Fútbol prohíbe que los menores de 16 años golpeen el balón con la cabeza”. Me quedé pensando y la única explicación que se me ocurrió es que el cerebro es una estructura relativamente móvil, encerrada en una estructura rígida, con lo que un simple golpe en el cráneo puede llevar al impacto del cerebro contra el hueso y producir algún tipo de daño.
Bueno, pues ahora se acaba de publicar algo muy importante relacionado con lo que acabo de describir.
Efectos de los traumatismos craneoencefálicos repetidos en jóvenes atletas
Resumen:
Investigadores obtuvieron nuevos datos sobre los cambios cerebrales en jóvenes atletas que pueden derivar en encefalopatía traumática crónica.
Los hallazgos sugieren que los impactos craneales repetitivos provocan cambios cerebrales mucho antes de lo que se creía.
Las personas pueden sufrir impactos repetitivos en la cabeza en deportes de contacto, el servicio militar, caídas y otras situaciones. Los traumatismos craneales repetidos aumentan el riesgo de desarrollar encefalopatía traumática crónica (ETC), una enfermedad neurodegenerativa progresiva que puede causar problemas de pensamiento, comprensión y comunicación. También puede provocar trastornos del movimiento, problemas de control de impulsos, depresión, cambios de humor, confusión e irritabilidad.
Actualmente, la ETC solo se diagnostica definitivamente post mortem mediante el análisis de muestras de tejido cerebral donado. La enfermedad se caracteriza por la acumulación de una proteína llamada p-tau en las neuronas que rodean los vasos sanguíneos, especialmente en la profundidad de los surcos de la superficie cerebral.
Un equipo de investigación dirigido por el Dr. Jonathan D. Cherry de la Universidad de Boston se propuso comprender mejor los cambios cerebrales que conducen a la ETC. Examinaron células individuales en los surcos de tejido cerebral obtenido mediante autopsia de 28 hombres, con edades comprendidas entre los 20 y los 51 años. Ocho de las muestras procedían de hombres que no practicaban deportes de contacto, nueve de hombres que jugaban al fútbol americano y al fútbol europeo pero no habían sido diagnosticados con CTE, y once de hombres que practicaban deportes de contacto y habían sido diagnosticados con CTE en etapa temprana. El estudio se publicó en Nature en agosto de 2025.
Los investigadores observaron varios cambios en el cerebro de los atletas que participaban en deportes de contacto, independientemente de si habían sido diagnosticados con CTE. La microglía inflamatoria —células inmunitarias que actúan como primera línea de defensa— era más numerosa en las regiones cerebrales examinadas de quienes practicaban deportes de contacto. También se observaron cambios en los genes expresados en los vasos sanguíneos del cerebro. Además, el equipo encontró un 56 % menos de neuronas que transmiten señales nerviosas en los surcos cerebrales examinados de quienes practicaban deportes de contacto. La densidad neuronal en esta región disminuyó con los años de práctica de deportes de contacto.
Sin embargo, el equipo no encontró ninguna relación entre la pérdida neuronal y los niveles de p-tau. Esto sugiere que la pérdida de neuronas comienza antes de que la proteína tau fosforilada (p-tau) se acumule en las profundidades de los surcos cerebrales, el signo característico de la encefalopatía traumática crónica (ETC).
A continuación, los científicos compararon qué moléculas de señalización y sus receptores se encontraban aumentados y en qué células. Identificaron una molécula de señalización, llamada TGFB1, que parece desempeñar un papel importante. Producida por la microglía, esta molécula envía señales a diversas células a través de diferentes receptores en respuesta a un traumatismo craneoencefálico. El equipo también encontró diferencias en la señalización entre los atletas que practicaban deportes de contacto, pero no habían sido diagnosticados con ETC y aquellos a quienes sí se les diagnosticó.
Se necesitarán estudios adicionales con un mayor número de atletas para confirmar estos resultados y comprender mejor los mecanismos moleculares que conducen a la ETC.
«Estos resultados ponen de manifiesto que incluso los atletas sin ETC pueden sufrir lesiones cerebrales importantes», afirma Cherry. «Comprender cómo se producen estos cambios y cómo detectarlos a lo largo de la vida contribuirá al desarrollo de mejores estrategias de prevención y tratamientos para proteger a los jóvenes atletas».
Así se explica la prevención que había visto personalmente en aquel julio de 2015 en Colorado. La situación es clara, evitemos que futbolistas, por ser mayoría, sufran traumas craneales, por pequeños que sean. Para ello quizás todos debieran jugar con casco. Las consecuencias vienen después, como se acaba de ver.
Jesús DevesaDescarga
El Congreso duró diez días, y una de las tardes decidí salir a pasear por aquel pueblo tan bonito y me encontré una serie de impecables campos de fútbol. Mientras los contemplaba comenzaron a llegar una serie de autobuses con chicos y chicas, perfectamente uniformados, menores de 16 años, y tras distribuirse por los campos comenzaron a jugar partidos de fútbol. De pronto uno de los jugadores golpeó el balón con la cabeza e inmediatamente el entrenador le dijo que saliera del campo. Intrigado por lo sucedido, al acabar el partido me acerqué al entrenador y le pregunté por qué había expulsado al chico. Su respuesta fue clara y concisa: “La Federación Norteamericana de Fútbol prohíbe que los menores de 16 años golpeen el balón con la cabeza”. Me quedé pensando y la única explicación que se me ocurrió es que el cerebro es una estructura relativamente móvil, encerrada en una estructura rígida, con lo que un simple golpe en el cráneo puede llevar al impacto del cerebro contra el hueso y producir algún tipo de daño.
Bueno, pues ahora se acaba de publicar algo muy importante relacionado con lo que acabo de describir.
Efectos de los traumatismos craneoencefálicos repetidos en jóvenes atletas
Resumen:
Investigadores obtuvieron nuevos datos sobre los cambios cerebrales en jóvenes atletas que pueden derivar en encefalopatía traumática crónica.
Los hallazgos sugieren que los impactos craneales repetitivos provocan cambios cerebrales mucho antes de lo que se creía.
Las personas pueden sufrir impactos repetitivos en la cabeza en deportes de contacto, el servicio militar, caídas y otras situaciones. Los traumatismos craneales repetidos aumentan el riesgo de desarrollar encefalopatía traumática crónica (ETC), una enfermedad neurodegenerativa progresiva que puede causar problemas de pensamiento, comprensión y comunicación. También puede provocar trastornos del movimiento, problemas de control de impulsos, depresión, cambios de humor, confusión e irritabilidad.
Actualmente, la ETC solo se diagnostica definitivamente post mortem mediante el análisis de muestras de tejido cerebral donado. La enfermedad se caracteriza por la acumulación de una proteína llamada p-tau en las neuronas que rodean los vasos sanguíneos, especialmente en la profundidad de los surcos de la superficie cerebral.
Un equipo de investigación dirigido por el Dr. Jonathan D. Cherry de la Universidad de Boston se propuso comprender mejor los cambios cerebrales que conducen a la ETC. Examinaron células individuales en los surcos de tejido cerebral obtenido mediante autopsia de 28 hombres, con edades comprendidas entre los 20 y los 51 años. Ocho de las muestras procedían de hombres que no practicaban deportes de contacto, nueve de hombres que jugaban al fútbol americano y al fútbol europeo pero no habían sido diagnosticados con CTE, y once de hombres que practicaban deportes de contacto y habían sido diagnosticados con CTE en etapa temprana. El estudio se publicó en Nature en agosto de 2025.
Los investigadores observaron varios cambios en el cerebro de los atletas que participaban en deportes de contacto, independientemente de si habían sido diagnosticados con CTE. La microglía inflamatoria —células inmunitarias que actúan como primera línea de defensa— era más numerosa en las regiones cerebrales examinadas de quienes practicaban deportes de contacto. También se observaron cambios en los genes expresados en los vasos sanguíneos del cerebro. Además, el equipo encontró un 56 % menos de neuronas que transmiten señales nerviosas en los surcos cerebrales examinados de quienes practicaban deportes de contacto. La densidad neuronal en esta región disminuyó con los años de práctica de deportes de contacto.
Sin embargo, el equipo no encontró ninguna relación entre la pérdida neuronal y los niveles de p-tau. Esto sugiere que la pérdida de neuronas comienza antes de que la proteína tau fosforilada (p-tau) se acumule en las profundidades de los surcos cerebrales, el signo característico de la encefalopatía traumática crónica (ETC).
A continuación, los científicos compararon qué moléculas de señalización y sus receptores se encontraban aumentados y en qué células. Identificaron una molécula de señalización, llamada TGFB1, que parece desempeñar un papel importante. Producida por la microglía, esta molécula envía señales a diversas células a través de diferentes receptores en respuesta a un traumatismo craneoencefálico. El equipo también encontró diferencias en la señalización entre los atletas que practicaban deportes de contacto, pero no habían sido diagnosticados con ETC y aquellos a quienes sí se les diagnosticó.
Se necesitarán estudios adicionales con un mayor número de atletas para confirmar estos resultados y comprender mejor los mecanismos moleculares que conducen a la ETC.
«Estos resultados ponen de manifiesto que incluso los atletas sin ETC pueden sufrir lesiones cerebrales importantes», afirma Cherry. «Comprender cómo se producen estos cambios y cómo detectarlos a lo largo de la vida contribuirá al desarrollo de mejores estrategias de prevención y tratamientos para proteger a los jóvenes atletas».
Así se explica la prevención que había visto personalmente en aquel julio de 2015 en Colorado. La situación es clara, evitemos que futbolistas, por ser mayoría, sufran traumas craneales, por pequeños que sean. Para ello quizás todos debieran jugar con casco. Las consecuencias vienen después, como se acaba de ver.
Jesús DevesaDescarga