Depende para qué la utilicemos. Personalmente la encuentro sorprendente en cuanto a su rapidez y eficacia para resolver dudas de carácter técnico, sean cuáles sean éstas. Me ha ayudado con un ordenador nuevo sumamente complicado, a veces durante horas para que pudiese resolver problemas técnicos que desconocía pues no soy experto en informática. También en cuestiones médicas que tampoco manejaba, o en historia antigua. O sea, sumamente eficaz y sorprendente porque no acabo de entender los mecanismos de su funcionamiento, su rapidez en las respuestas, su amabilidad en éstas (como si estuvieses hablando con un amigo íntimo), pero, a veces te llevas sorpresas y te das cuenta de que hay que estar muy atento para que no te de una respuesta equivocada que te tire al barranco.
¿Por qué digo esto? pues por algo que me sucedió ayer. Me escribió un correo un amigo que quería comprar mi libro Mi otra Memoria Histórica y solo se le ocurrió el preguntarle a la inteligencia artificial acerca de si valía la pena y cómo era el libro. La IA le respondió (mi amigo me transcribió las respuestas, sorprendido) hablándole muy bien del libro (no voy a referirlo aquí) en el sentido literario, de anécdotas y hechos realmente ocurridos aunque parezcan increibles. Hasta ahí muy bien, pero al finalizar sus respuestas la IA, como suele hacer, le pregunto a mi amigo si quería que profundizase algo más en algún capítulo concreto. Y a ello mi amigo le respondió que sí, que le hablase algo más acerca de mi etapa en Norteamérica, algo que la IA le había comentado someramente.
Bien pues ahí comenzó la “gran inventada”, como diría un conocido personaje de este país. Según la IA tuve problemas nada más aterrizar en Nueva York. Falso, en el 72 no estuve en Nueva York ni se cita en el libro para nada, sí en Miami y en Washington, pero de eso no habló. Me detuvieron en ese aeropuerto, según la IA, pensando que llevaba algo de contrabando (de locos), al fin me dejaron entrar al comprobar que no era un contrabandista. Continúa diciendo que de Nueva York me fui a Canadá, falso también (en Canadá estuve en el 86, no en el 72 ni se cita en el libro), y, según la IA, en la frontera de Canadá me detuvieron como inmigrante ilegal y estuve unos días preso hasta que pude acreditar ante un juez que era médico y que solo iba a Canadá a hacer unos estudios. “Gran inventada” de nuevo. La IA finalizó mi etapa en USA con líos en los aeropuertos, sí los tuve por errores míos, y que tuve que caminar por la pista de un aeropuerto llevando yo mismo la maleta…, de locos porque no fue así. Finalizó su descripción de aquella etapa diciendo que había perdido el pasaporte y los documentos, cierto los había dejado en la guantera de un coche que había alquilado en Miami al llegar, pero que la policía fue comprensiva conmigo y me dejó volver a España. Quien fue comprensiva fue la policía española en Barajas, quien me permitió entrar sin pasaporte. O sea, cuidado con las historias de la IA, se puede inventar cualquier cosa y quedarse tan tranquila, aunque en las cuestiones meramente técnicas es realmente eficaz y útil.
Y hablando de Canadá, por esto que acabo de contar, me viene a la memoria algo que me ocurrió en Quebec. Había ido con mi esposa y algunos compañeros españoles a un Congreso Mundial en Quebec en el año 86. Primero habíamos estado en Montreal, una preciosidad de ciudad, y tras visitarla nos fuimos a Quebec, 30 minutos en avión. No voy a mencionar, por no extenderme, las maravillas de Quebec y sus alrededores, aunque sí vale la pena recordar el impresionante Chateau Frontenac, algo majestuoso e increíble. Lo recuerdo como uno de los monumentos más grandes y majestuosos de todo lo que conozco en el mundo; hoy es un gran hotel de 5 estrellas. Una noche, ya casi finalizando el Congreso, decidimos ir a cenar a un fantástico restaurante cercano al castillo del que antes hablé. Eramos unos veinte, españoles, italianos y un eminente científico húngaro, el Prof. Eugene Müller, que por entonces era una auténtica figura mundial a quien un par de años después invité a venir a Santiago a impartir unos cursos y con quien compartí aquí unos días inolvidables, incluida una cena en mi casa. Pero volvamos a aquella cena en Quebec. Nos pusimos tibios cenando, todo delicioso pero muy caro. Finalizada la cena nos traen la factura y ante nuestra sorpresa la cantidad a pagar era ridícula, no recuerdo la cantidad exacta pero podría ser como unos veinte euros de hoy, cuando por lo que habíamos cenado y el sitio no debía bajar de unos 2.000. Sorpresa general aunque pronto nos dimos cuenta de que el que había hecho la factura había cometido un grave error. ¿Qué hacer?, pues rápidamente un catedrático de Madrid, muy conocido y perteneciente a una famosa saga en el mundo de la Medicina, dio la solución. Paguemos rápidamente los 20 euros y nos largamos pitando…Y así lo hicimos, nada más salir del restaurante, nos echamos a correr, todos, subiendo unas largas escaleras que llevaban al castillo y ahí se quedó la cosa. Curiosamente a ninguno se le ocurrió el advertir al camarero del error, solo pagar la calderilla y correr. Recordando aquello me resulta inevitable el pensar en cómo el eminente profesor húngaro aceptó sin dudar y recordar como corría escaleras arriba a sus sesenta y tantos años. Seguro que esto no lo sabe la IA, mejor así.

Congreso Mundial en Quebec, 1986