Mi otra Memoria Histórica


Día tras día y quién sabe hasta cuando aparecen noticias que sumen a este país en el desconcierto, la incredulidad y el temor a lo que puede suceder. Llega un momento en el que uno se cansa ya y aunque le guste escribir prefiere no hacerlo acerca de todo lo que ocurre, mentiras, exabruptos, supuestas “marrullerías”, y entonces viene a la memoria lo que en un tiempo vivió y narró en un libro titulado como esta página, disponible en Amazon o Punto Rojo Libros, o en librerías bajo demanda.

Lo que ahora voy a escribir es una copia literal de lo que aparece en ese libro. Ocurrió cuando a los 14 años había estado todo un verano en Francia en un Liceo. Allí ocurrieron muchas cosas que me marcaron, entre ellas lo que sigue:

Seulement un pas et nous serons à l’Espagne”.

Il est la première fois que je vois l’Espagne. Pour nous, c’est si lontaine…” (“Es la primera vez que veré España. Para nosotros, está tan lejos”).

Estábamos en la frontera pirenaica, cerca del puesto fronterizo de Jaca. La cabeza llevaba a que el paso fuese dado; pero en el fondo ¿qué significaba? Pisar el otro lado y decir: “ya estamos en mi país; mira, Marianne, estamos en España”.

¿Y total para qué? Era España, pero no era mi tierra; aquello era desconocido. Viento frío y paisaje interminable al fondo, desde lo alto de la montaña; sin embargo, era lo mismo si mirábamos al otro lado. No había ninguna diferencia. Comencé a sentir una tremenda añoranza. Era mi tierra, pero no lo era. La veía cerca en la distancia, pero muy lejos en los sentimientos; quizás era por aquellos condenados franceses que aparentaban odiarnos.

C’est l’Espagne, mais ce n’est pas ma terre. Ma terre est plus belle”. («Es España, pero no es mi tierra. Mi tierra es mucho más bonita«).

El guía comenzó a explicarnos que por allí habían pasado miles y miles de republicanos,vencidos en la guerra civil, andando entre las montañas, escondiéndose, hambrientos y muertos de frío, de los soldados de Franco. Madres harapientas con sus hijos a hombros; viejos que, a veces, caían y no volvían a levantarse. Y en lo alto, los voluntarios franceses, listos para ayudar a los que escapaban de la guerra y las represalias, a los combatientes por la libertad. Lo decía en tonodespectivo, no sé si sabiendo o no que allí, entre los muchos europeos, también había españoles.

Imagen en blanco y negro de una montaña  Descripción generada automáticamente

Pirineos franceses, cerca de Pau. 1962.

Aunque era un crío, me sentí mal. No sabía que el guía era sectario, y mientras él hablaba,pasaban por mi cabeza las imágenes que iba describiendo; imágenes de angustia, de terror, desufrimiento. La desolación del paisaje, tan duro, tan frío, contribuía al sentimiento de culpabilidadque, como español, iba sintiendo por momentos. Supuestos fascistas, crueles, sanguinarios, dictatoriales, que habían destruido miles y miles de familias que no tenían más culpa que el haber tratado de defender su libertad. El horror, aunque también en mi familia había habido asesinatos por el Frente Popular.

La película de la guerra de la que tanto había oído hablar en la clase de Formación Política en el Instituto era en otro color, pese a que los falangistas habían asesinado al hermano mayor de mi padre. Su cuerpo había aparecido en una cuneta, en Montouto, cerca de Cacheiras, la mañana del 20 de agosto del 36, con un tiro en la nuca. Unos días antes, tras haber estado escondido durante un mes en casa de unos amigos, en La Puebla del Caramiñal, había vuelto a casa de su madre, la abuela María, y allí habían ido a buscarle para interrogarle por ser galleguista; y tras ello pasó a la cárcel de Santiago. Cuando mi padre me lo contó, siendo aún niño, me dijo que no habían podido impedirlo, y que, cuando lo sacaron de casa, sabían que era para “pasearle”. Así llamaban entonces a la ejecución por detrás, con un tiro en la nuca.

No cantes el Cara al Sol, a tu padre le disgusta oírlo”.

Por eso, me lo había contado mi madre, el “Cara al Sol” es el himno de los falangistas.

Los falangistas asesinaron a tu tío, a los 28 años, por ser galleguista. Me vinieron a buscar a casa, la mañana del 20 de agosto para que fuese a reconocer el cuerpo entre los que estaban tirados en la cuneta, cerca de Cacheiras”.

¿Y sabes quién lo mató?

Sí; era un conocido de la infancia”.

Para su desgracia, mi tío entró en la historia escrita de la Galicia que buscaba su identidad almargen del poder central.

José Devesa Areosa. Asasinado po-los fascistas no 36”.

José Devesa Areosa, aunque le conocían como Pepiño Areosa; y como tal es recordado en el pequeño monumento que, en honor de Angel Casal y mi tío Pepiño, hay en la curva de Cacheiras, donde todos los años, el 20 de agosto, se celebra un pequeño homenaje en memoria de ambos.

Imagen en blanco y negro de un hombre con un traje de color negro  Descripción generada automáticamente con confianza baja

Pepiño Areosa, hermano mayor de mi padre.

Un día, muchos años más tarde, mi padre llegó a casa a comer. Estaba pálido y desencajado.

¿Qué pasa? ¿Qué te ocurre, Jesús?”, preguntó mi madre a mi padre.

Vengo de operar al asesino de mi hermano; tenía una perforación de estómago. Fue a vida o muerte”.

“¿Y le salvaste”?

Claro. ¿Qué iba a hacer? Me pidió perdón antes de la anestesia”.

Mientras oía al guía, en la frontera pirenaica, no sabía que, años más tarde, iba a ser fichado por alguno de los que participó en el asesinato de mi tío, incluso podía ser el propio ejecutor; pero sí recordaba con angustia lo que mi padre me había contado. Tampoco sabía que iba a vivir una angustia similar cuando, muchos años después, vi en Copenhague, a los tres días de haber conocido a Konna, la guía, la impresionante escultura de la madre anónima con su hijo muerto entre sus brazos:

Imagen en blanco y negro de una torre  Descripción generada automáticamente con confianza media

Monumento a las Brigadas Internacionales en Copenhague: “Los Hijos Muertos”.

Les fils morts» (“Los hijos muertos”). “Madrid, Jarama, Belchite, Teruel…”, nombres españoles de introducción para un recordatorio en danés a los voluntarios de aquel país que habían muerto en España cuando luchaban contra Franco en las Brigadas Internacionales. Eran los nombres de las batallas. Sin embargo, había un error en la impactante escultura: pusieron allí Jamara en lugar de Jarama, donde cientos o miles de aquellos voluntarios, se habían quedado por defender una idea, por combatir en una tierra que no era la suya. Ni más ni menos como me había ocurrido en los Pirineos, un nudo se me atravesó en la garganta al contemplar aquella estatua, imagen viva de la tristeza, ocasionada por la injusta y estúpida muerte de algo querido.

Tristeza y vergüenza; la tristeza de la imaginación del sufrimiento y la vergüenza de sentirme perteneciente a la España que no había sido capaz de alcanzar la armonización o, al menos, el respeto a las ideas. Matar por hablar; matar por callar; matar por pensar diferente; matar por matar. Esa era la sensación que el guía francés nos transmitía sobre la España que teníamos frente a nosotros, a un paso en el paso. Aunque me resistía, mis ojos se iban llenando de agua. Tienes que aguantar; ya hiciste el idiota hoy durante largo tiempo. Sin embargo, ya no podía más. Además, ahora entendía el por qué unos españoles, en una cafetería de Pau, nos habían mirado y hablado con desprecio a cuatro jóvenes españoles que habíamos entrado allí una tarde. Seguro que eran exiliados.

Aquello me marcó, decía, y muchos años después lo recordé y transcribí en el libro tal cual había ocurrido, como otras muchas cosas que, en ocasiones, pueden parecer increíbles, pero son reales y contrastadas. Lo digo ahora porque la sensación es que la historia puede repetirse. Ojalá que no sea así.

Jesús Devesa


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