Como ya cité en una entrada anterior voy a dedicar este blog a recuerdos personales y hechos ocurridos en mi ya larga vida, anecdóticos a veces y no tanto en ocasiones. La parte científica la dejo para mi otro blog: https://drjesusdevesa.es, para no mezclar ciencia y vida.
En esta ocasión voy a relatar algo que recientemente he recordado y que no parece encajar con mi profesión de médico y catedrático, pero así ha transcurrido mi vida.
Era el año 81, en verano ya. Mi esposa y yo vivíamos con nuestro hijo de un año en una preciosa pero pequeña casa en la gran finca de 25.000 metros cuadrados a 8 kms de Santiago. En aquella finca criábamos perros de muy diferentes razas pero con un común, su extraordinaria categoría y belleza. Por ello, diariamente acudían a la finca cantidad de personas de todo tipo, desde alumnos de Medicina o ex alumnos, hasta aficionados a los perros, comerciantes, empresarios o simplemente amigos que lo habían sido por su regular asistencia al criadero. Entre esas personas, de todo tipo y condición social, como dije, había un supuesto empresario de Noya que nos había comprado una pareja de cocker spaniel o setter irlandés, no lo recuerdo bien. Ese hombre venía, tras la compra, con una cierta regularidad para hablar, comentar cosas sobre sus perros, pedir consejos sobre cómo prepararlos para exposiciones, en fin venía por múltiples razones. Con nosotros era jovial, pero había en él algo extraño. De hecho un día nos comentó que se había separado de su esposa y que ésta le reclamaba una gran finca en Noya, reclamación justa pues la finca era de su familia antes del matrimonio. No le dimos mayor importancia, no era problema nuestro, aunque siempre que acudía a visitarnos tocaba el mismo tema, una y otra vez.
Un sábado por la tarde, a eso de las tres, aparece en la finca una persona desconocida que me dice que es amigo del personaje antes citado y que viene en su nombre para pedirme que vaya al cuartel de la Guardia Civil de Noya, donde el personaje citado estaba detenido, a responder por él y ayudarle. No tenía ni idea de qué podía tratarse pero decidí hacerlo. Cogí el coche y seguí al que había venido a interesarse por su amigo hasta llegar al cuartel en cuestión. Al entrar allí veo a ese hombre en un cuarto pequeño, oscuro, de paredes que habían perdido su lustre, sentado en un banco de madera y esposado. Se me acerca entonces el sargento del cuartel y me pregunta quién soy y qué hago allí. Le expliqué quien era y que había acudido para responder por ese hombre, sin saber de qué se le acusaba, una inconsciencia por mi parte. Recuerdo la cara del sargento al escucharme, mirándome de forma inquisitiva y un tanto agresiva, hasta que me dijo que estaba detenido por contrabandista y malos tratos a su ex mujer. Me quedé de piedra, pero como me había comprometido le dije al sargento que yo respondía por él. Más inconsciencia todavía. El sargento me dijo que dejara mis datos y que ya me dirían, tras investigarme a mí también.
Me volví para casa, un tanto preocupado por lo sucedido y pasados unos días aparece de nuevo el personaje detenido para darme las gracias por mi actuación. Al día siguiente de mi visita le habían soltado a la espera de que un juez analizase el caso. En esa visita de agradecimiento nos trajo un gran saco de mejillones que rápidamente consumimos mi esposa y yo. Pocas horas después, vómitos y diarreas incontrolables que duraron tres días. Era el primer caso de aquella desgraciada “Marea roja” que asoló Galicia durante una larga temporada. Un virus en los mejillones que pudo habernos matado, pero además mi esposa estaba embarazada de nuestro segundo hijo. Afortunadamente la cosa no fue a más, para nosotros; la niña nació y se crió con plena normalidad y al personaje en cuestión le cayeron dos años de cárcel y la pérdida de todas sus posesiones.
Fueron las consecuencias de ayudar al prójimo como a tí mismo, lo que pasa es que en este caso el prójimo era un pájaro de cuidado al que nunca volvimos a ver.
Jesús Devesa.