La medicina que era…


Es innegable que la Medicina ha cambiado, ni se me ocurre dudarlo. Los avances científicos ocurren casi a diario, pese a las trabas burocráticas, la falta de apoyos económicos y, también, el que la investigación médica parece centrarse más en buscar el rendimiento económico que no en el conocimiento por sí mismo; aunque puedo estar equivocado. Pero hay algo en lo que no me equivoco, creo, y es en lo que significa el ser médico, en sí mismo. Y para esta afirmación me voy a remontar al pasado pero también viviendo el presente.

Raro es el día en el que no atiendo a un paciente que acude a nuestro Centro, de forma privada o recurriendo a seguros privados (a mí me da lo mismo una que otro, porque ni cobro ni cobré nunca un euro, todo va para el mantenimiento del Centro y su personal asistencial) porque le han cancelado la cita en la Sanidad pública o se la han retrasado por mucho tiempo. No es lógico, aunque tampoco lo es la gran presión a la que los médicos de la Sanidad pública son sometidos desde hace tiempo, por falta de personal, sueldo a todas luces insuficiente en comparación al tiempo que han necesitado para poder ejercer (seis años de carrera y otros cuatro o cinco de especialidad), más aún si lo comparamos con casi cualquier otra profesión; guardias que no cualquiera puede hacer, horas y horas de trabajo continuado que acaban con la salud, el bienestar personal y familiar y, por supuesto, la calidad del servicio asistencial. Hacen falta más médicos, está claro, pero esto no se conseguirá mientras persista el Numerus Clausus (Selectividad limitada) que en mis tiempos de estudiante y primeros años de profesor de Fisiología y Bioquímica no había, ni mientras se tarde lo que se tarda en homologar títulos de licenciados en otros países. aquí me pregunto: ¿es tan difícil firmar una homologación si la Universidad extranjera que ha concedido el título está reconocida?, ¿no hay en España tres millones, o algo así, de funcionarios de los que una parte, supongo que importante, están en los Ministerios? Ahí lo dejo ya que estoy harto de disquisiciones políticas que no llevan a ningún lado. Me equivoco, sí llevan a un país en declive exponencial…

Pero no es eso sobre lo que quería reflexionar. Comenzaba diciendo que raro era el día que no veía a pacientes desesperados por las listas de espera o cancelaciones, y ello me lleva al recuerdo, siempre al recuerdo…, no se si para bien o para mal.

Cuando era adolescente ni remotamente pensaba en estudiar Medicina, aunque mi padre era médico, cirujano. Con él había asistido a algunas operaciones, pocas porque no me gustaba la cirugía e inconscientemente asociaba esta especialidad a toda la Medicina. Sí me apasionaba la investigación, la naturaleza, el descubrimiento, la lectura, de todo tipo pero sobre todo de hechos biológicos. Y trataba de reproducirlos o hacer cosas nuevas, aunque me faltase el conocimiento para ello. Otra vez la memoria del pasado, así es imposible concentrarse en lo que se quiere expresar…

Vuelvo a empezar. No me gustaba la Medicina, pero admiraba a mi padre en las cosas que le había visto hacer como médico o en las que me había contado. Y de nuevo surge el recuerdo. Era una tarde noche de invierno, frío y lluvioso. Estábamos en casa, yo tendría unos quince años, no más, y veo que mi padre coge el teléfono, empalidece y dice que tiene que ir inmediatamente a Villagarcía. ¿Por qué?, le pregunta mi madre. Porque me acaba de llamar mi asistenta en la consulta diciéndome que atropellaron a su hija y está muy mal en un Sanatorio de allí. Voy contigo, le dije; no se por qué, la idea no me gustaba pero quizás sentía que no debía dejar ir solo a mi padre, mal conductor, mal coche, malas circunstancias, en esa situación. ¿Y qué iba a hacer yo acompañándole?, ¿qué iba a solucionar? Pues nada, supongo, al menos desde un punto de vista médico, pero la decisión fue inmediata e irrevocable, quizás, no lo se, porque pensaba que acompañando a mi padre le evitaría con la conversación el ir sumergido en pensamientos de quién sabe qué tipo ante la dramática situación de la madre de aquella cría, su asistenta que tanto valoraba.

No se cuánto tardamos, supongo que bastante, por el conductor, el coche y las malas carreteras, pero llegamos. En mala hora, porque nada más llegar nos pasaron a una habitación donde estaba la pobre cría, muerta, a sus 14 o 15 años, sobre una cama, su madre llorando y abrazándose a mi padre y un médico con cara de cabreo por nuestra aparición. No recuerdo su nombre, sí donde estaba el Sanatorio, cerca del cruce de Villagarcía hacia Cambados, donde habían atropellado a la cría. Y recuerdo el cabreo de mi padre con el médico, dueño del Sanatorio, ante la respuesta que le dio cuando mi padre le preguntó acerca del suceso y su actuación. “No había nada que hacer”, había dicho el médico, “tenía fractura de la base del cráneo”. Mi padre entonces montó en cólera preguntándole el por qué no la habían intubado para mantenerla viva hasta actuar como fuese necesario. No hubo respuesta, nos echó del Sanatorio, la cría muerta sobre la cama, la madre llorando desconsolada y mi padre en silencio total mientras volvíamos a casa. Al llegar, ya tarde en la noche, le explicó brevemente a mi madre lo que había ocurrido. Tristeza total, nunca seré médico…

Pero abundando en el tema también recuerdo una tarde en la que estábamos andando en bicicleta por los jardines del Santa Irene (supongo que sería verano) y en un torpe movimiento la rueda trasera de mi bicicleta le hizo una tremenda herida en la pantorrilla, de arriba abajo, a Faustino Montesinos, compañero de clase y amigo. Me asusté, nos asustamos, lo llevamos al Sanatorio, estaba cerca, llamaron amigos padre y éste vino rápido desde su consulta en la calle Reconquista para coserle eficazmente. Me sorprendió la rapidez y lo bien que quedó aquella tremenda herida, pero de nuevo pensé que jamás sería médico.

Y recordando me vienen a la cabeza historias que me contaba mi padre de cuando ya ejercía en Vigo, aún soltero, aún antes de la Guerra, y venían a buscarle en burro o carretas para que fuera a atender, de noche, a alguien con alguna herida o daño sufrido en una de las muchas aldeas que rodeaban Vigo. Era un niño cuando lo contaba, y quedaba sorprendido, “aturullado” y se comenzaba a meter en mi cabeza el que jamás sería médico. Aún hoy me aterra el recordar cuando atendió de urgencia a un operario de Renfe que había quedado atrapado, con daños gravísimos, entre una máquina y la parada del tren en la estación de Vigo, o cuando actuó sobre un operario del Circo Húngaro (o Italiano, no recuerdo) al que había atravesado una de las barras largas de sostén de la carpa cuando montaba el circo en el campo de arriba del Santa Irene. ¿Médico?, ni loco…

Pero lo fui y lo soy, y viendo lo que pasa ahora me viene a la memoria lo que ocurría antes. ¿En qué radica la diferencia?, creo que simplemente en las personas que fuimos y las personas que son, por lo general. Todo ello al margen de los condicionantes negativos de los que antes hablé. ¿Y a qué se debe esa diferencia personal?, pues supongo que a la educación básica, valores, e interés por trabajar y aprender que vivimos. Sinceramente no encuentro otra explicación más importante. Solo así puedo entender el que ayer, por ejemplo, haya visto a un hombre de sesenta y tantos años con una diabetes importante (tenía una glucemia de 354 mg/dl) que lleva esperando por una cita meses, o que hoy mismo haya recibido un correo de una señora del Sur de España, a la que estamos tratando de una enfermedad autoinmune muy grave, a la que sus médicos le dijeron que “prohibida la melatonina”, y así me lo muestra en su correo. ¿Cuál fue mi contestación?, pues otro correo con copias de trabajos de 2025 publicados por importantes grupos de investigación en importantes revistas científicas, en los que se demuestra que precisamente la melatonina es clave en el tratamiento de la enfermedad que padece.

No sigo, así era la Medicina, así es ahora y quién sabe cómo será en unos años…

Jesús Devesa


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