La calle del Carmen en Las Traviesas. Vigo.


Afortunadamente en un día lluvioso y sin alicientes, como el de hoy, en el que solo cabría comentar y reirse el disparate escuchado ayer en dos programas de TV sobre las grabaciones que don Koldo hacía a míster Ábalos mientras éste hacía el amor (¿?) con dos señoritas en la calle Atocha en Madrid, grabaciones que mientras tanto comentaba con su esposa (¿Ex-esposa?) por WhatsApp, me ha aparecido en el ordenador, sin saber cómo porque ni recuerdo haberla tomado ni tampoco recibido, una foto de la calle que llevaba a mi casa de la infancia y adolescencia en el Vigo de mis sueños y mi vida. Por ello, inevitablemente, surgen los recuerdos, de nuevo, y brotan y brotan (quizás porque es primavera) en una cabeza a punto de estallar. Estallar de risa, por una parte, recordando el disparate de ayer: ¿A quién diablos se le ocurre grabar a su amigo, o jefe o lo que fuese, mientras mantenía relaciones sexuales con dos chicas a la vez, y enviarle simultáneamente esas grabaciones y sus comentarios a su esposa? Puro disparate, imposible de entender por una mente sana, pero estallar de melancolía y nostalgia a la vez, al contemplar la foto que hoy ví, ahora voy a subir y analizar:

Esta es la foto. Viéndola recuerdo, porque es imposible olvidar los momentos felices de una parte de mi vida, momentos en los que siendo niño y adolescente viví intensamente esa zona; hice amigos y amigas, me enamoré y volví a enamorar muchas, muchas veces, así surgen esos recuerdos que para que siempre queden presentes plasmé en parte de mi libro “Mi otra Memoria Histórica”.

Analicemos la foto, atendiendo a los números: 
1) Calle del Carmen, en tiempos una zona tranquila, más tarde convertida en un infierno cuando la construcción de la piscina y posteriormente el gimnasio y más piscina, que aislaron el campo de fútbol del Instituto, frente a casa, y convirtieron la zona en un caos del que, afortunadamente salí a los 16 años, con mucha pena, pero salí, aunque iba a un infierno aún mayor, en Madrid. 
2) La casa de un señor mayor, muy atento, cariñoso, creo recordar que en ella entré alguna vez y recibí un trato muy cariñoso, aunque era un crío. En esa casa vivían dos bulldog, que en cuanto podían se escapaban y corrían calle abajo buscando quién sabe qué. Y mientras ellos corrían recuerdo la voz de la criada de la casa que gritaba desde arriba de la calle; “Chiña, Chiña, Chiña, …”, la perra se volvía, la miraba pero ni caso. Y así casi todos los días. ¿Qué buscaba Chiña? Nunca lo supe, quizás cabrear a la cuidadora, no lo sé ni lo sabré ya.
3) La mansión de Cesáreo González, el productor de Suevia Films. También recuerdo haber entrado y recibir un muy buen trato. Lo que no recuerdo es qué se me perdía en esas casas, pero entré e incluso merendé una tarde en la de Cesáreo González, aunque no recuerdo que él estuviese, pero sí la merienda en el jardín. 
4) La casa de los hermanos Varela. Grandes y corpulentos. El menor amigo, el mayor enemigo en cambio, aunque no sé por qué. Recuerdo una pelea a pedradas, el mayor desde su finca y el menor conmigo en la puerta de cristal que daba entrada a casa. Pedrada tras pedrada, pero sin consecuencias. No volví a saber de ellos. 
5) El chalet a donde nos mudamos cuando yo tenía 8 años. Un mundo de vivencias inolvidables, no por la casa, sino por lo vivido gracias a estar allí, en la zona. 
6) La Pastora. Un mundo casi desconocido, por desgracia. Lindaba con los frontones donde tantas veces jugué a mano, pala y paleta, que nos hacía el señor Avelino (si no recuerdo mal su nombre). De esa zona salía, de vez en cuando, una pandilla de críos que se peleaba con tirachinas contra los que tirábamos más hacia la Gran Vía. Eramos críos, unos 10 años más o menos, pero auténticos estrategas en las batallas a pedradas. Nos disponíamos entre arbustos y montículos en el borde superior del campo de fútbol y desde allí apedreábamos a los contrarios, aunque no sé por qué ni para qué, ni por qué eran contrarios sin es que en realidad lo eran. 
7) El Sanatorio del Carmen. Ahí operaba mi padre, entre otros sitios, y ahí entablé mis primeras amistades femeninas, con las hermanas Sas. Siempre inolvidable también, incluida la tragedia del incendio en la cocina del Sanatorio con el fallecimiento de dos empleadas y heridas serias de otras más.

8) El disparate. Ya no vivía en Vigo cuando un desgraciado alcalde autorizó la construcción de esos monstruos que tapaban la belleza de la zona. Afortunadamente no lo viví, pero me espantó siempre que volví a Vigo. 
9) Los bosque y montañas que llevaban al “cañón”. Cantidad de tardes de verano disfrutando con amigos y amigas, los “baños” en el arroyo que se encontraba en el camino, la subida a esa zona para en lo alto sentarnos en la mámoa y admirar la belleza de todo Matamá y parte de Vigo.
¿Cómo no voy a recordar?, quién pudiera volver a vivir aquélla época tan añorada, por todo. Qué bonito era y es Vigo.

Jesús Devesa


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