Jugando con fuego…


Hace unos días comentaba aquí el incidente ocurrido por tratar de responder por un contrabandista de Noya, algo que desconocía cuando fui al cuartel de la Guardia Civil de esa ciudad para tratar de arreglar su situación. Al final todo salió bien, afortunadamente para mi esposa y para mí, pero no para él. Pero no es la única cosa loca que viví cuando teníamos el criadero de perros a pocos kms. de Santiago.

Ya comenté que aquella finca, donde tanto disfrutamos y donde nacieron nuestros dos primeros hijos, era un lugar que paulatinamente se fue convirtiendo en punto de reunión de aficionados a los animales, perros sobre todo (aunque también tuvimos una cachorra de león que cuando creció regalamos al Zoo de Vigo, y un curioso ponney de las islas Shettland que hizo cantidad de disparates en el largo tiempo que estuvo con nosotros). El caso es que entre la mucha gente que venía por allí, jóvenes sobre todo, un día apareció un gitano de unos 18-19 años. Era muy tímido, servicial, y poco a poco se convirtió en un habitual visitante del criadero. Hablaba poco, tan solo se dedicaba a seguirme visitando los caniles y escuchando lo que le decía sobre cada perro o raza. Y así un día tras otro. Llegaba siempre a la misma hora, por la tarde, a eso de las 3.30, era verano, y se iba sobre las seis. Un día intrigado le pregunté acerca de donde vivía y cómo se desplazaba hasta nuestra finca; me imaginaba que debía de vivir en las cercanías, aunque no tenía constancia de la presencia de familias de la etnia gitana por la zona. Para mi sorpresa me respondió que vivía en Santiago, en la zona de Vista Alegre, o sea a unos 9 kms. de donde nos encontrábamos, y que venía y se volvía andando. Recuerdo que me quedé más que sorprendido, porque recorrer andando esa distancia diariamente para venir a ver perros, supuestamente, implicaba, teóricamente, un gran amor por esos animales. Pero lo más curioso es que siempre permanecía a mi lado, aunque no hablase. Sorprendente e intrigante. No tenía estudios, ni trabajo, pero sí una gran familia que no sé a qué se dedicaba pero por lo que un día me contó intuí que tenían mucho dinero, para la época. Más curioso todavía ya que siendo así no acababa de entender el que no dispusiese de un medio de transporte o no fuese en autobús al menos hasta el Milladoiro; desde ahí se le haría el camino mucho más corto, pero no lo hacía.

Al conocer cómo se desplazaba, un día me ofrecí a llevarlo de vuelta para su casa; era una tarde lluviosa, pese a estar en agosto, y me daba pena el que tuviese que hacer el largo recorrido bajo la lluvia. Accedió, aunque tras insistirle bastante, y acabe dejándole en las cercanías de su casa ya que insistió en que no le acercase más.

A partir de ese día cesaron las visitas al criadero. Supuse que se habría cansado ya o que la familia le habría obligado a trabajar y poco a poco me fui olvidando de esas curiosas visitas.

Unos tres años más tarde, ya viviendo en Santiago tras vender la finca y los perros, me llevo la gran sorpresa al leer en el periódico, creo que era El Ideal Gallego, pero no lo recuerdo, que: “Por fin la policía había detenido al asesino de dos hermanos gitanos, y más gente, buscado desde hacía tiempo por múltiples fechorías.» Era él. Lo reconocí inmediatamente al ver su imagen en la prensa. Reconozco que me impactó profundamente, jamás hubiera podido imaginar que aquel chico tan curioso por sus modales, siempre correcto con todos, callado, fuese un asesino. La duda me asaltó durante mucho tiempo, ¿qué es lo que buscaba en nuestra finca? Conmigo era muy sencillo, tranquilo y siempre dispuesto a echar una mano aunque no hiciese falta. ¿Qué buscaba si es que buscaba algo en realidad? ¿Venía por un simple amor a los perros o porque le trataba con cordialidad o estaba a la espera de algo más? Nunca lo supe ni lo sabré. Sé, por lo que leí en aquella época, que ingresó en la cárcel, con una sentencia de cadena perpetua, pero nada más.
Así es la vida, curiosidades y perplejidades…

Jesús Devesa


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