Hace un par de días que leí esta triste noticia, el antiguo Sanatorio del Carmen, ahora hostal, cerrará sus puertas definitivamente el 31 de diciembre. Quien no me conozca o conozca mi infancia pensará al leer esto: ¿Y qué le importa a este hombre esa desaparición? Pues mucho, porque con ella se va una parte muy importante de mi vida. Ahora explicaré por qué me duele y tanto, al recordar.
Nací en Vigo, en la calle Reconquista, en pleno centro de la ciudad frente al Teatro García Barbón. Podría decir que nací de casualidad, porque casualidad fue que mi padre a sus 36 años se casase con mi madre de 21 y pico, el 19 de marzo de 1945, justo un año antes de que yo naciese, el 19 de marzo de 1946. Fue casualidad el que se conociesen pero no el que mi padre al verla por vez primera le dijese: “Contigo me casaría yo..”, y así fue. No me extraña que se lo dijese porque según oía en mi infancia mi madre era una de las jóvenes más bonitas y encantadoras de Vigo, eso decían y lo creo. ¿Cómo se conocieron?, pues por casualidad también. Porque casualidad era el que mi padre, médico, se hubiese mudado a Vigo desde Santiago, donde nació, se crió y ejercía como profesor ayudante de Cirugía en la Facultad de Medicina de Santiago, y dejando atrás una infancia, adolescencia y juventud de tremenda dureza, no en vano tuvo que reconocer el cadáver de su hermano mayor, asesinado de un tiro en la nuca el 20 de agosto de 1936 por unos fanáticos en Cacheiras, se hiciese amigo de Manuel Sas, otorrinolaringólogo y éste le dijese que se fuese con él a Vigo a ejercer como cirujano en el Sanatorio que iba a crear, el Sanatorio del Carmen precisamente. Y así fue, mi padre se fue a Vigo, y a través de otro médico, Jaime García Lombardero, casado con una prima de mi madre conoció a ésta.
Vivíamos en Reconquista, pero a los 5 años el Dr. Sas, íntimo amigo de la familia ya, me operó de amígdalas en el Sanatorio del Carmen. Debí de ser uno de los primeros pacientes de aquel Centro. Operación que tampoco nunca olvidé, como no olvidé al Dr. Pazo quien mientras me animaba para que soportase la mascarilla con éter me decía: “Con esto vas a tener un sueño muy bonito, vas a ver la película de Blancanieves y los siete enanito”. ¿Quién, a esa edad, podría resistirse a esa maravilla? Supongo que nadie, yo no desde luego. Y así fue, pero lo malo vino después cuando unas horas más tarde, en cama, largué un tremendo chorro de sangre por la boca, mientras el dolor de garganta era insoportable. No había analgésicos…., o no los recuerdo. Pero un mes después, justo un mes, mientras estaba en cama con un dolor abdominal tremendo, mi padre con otros tres médicos, de los que recuerdo a Manolo Sas y Jaime García Lombardero, me diagnosticaron apendicitis aguda que había que operar con urgencia. Vuelta al Sanatorio del Carmen y vuelta a la anestesia con éter. Pero tras la experiencia anterior tengo muy presente mi imagen luchando en la camilla de la sala de operaciones para que no me pusiesen la mascarilla; pero ¿qué podía hacer un crío de cinco años contra el Dr. Pazo, una gran persona por cierto, mi padre y dos ayudantes? Lucha larga pero infructuosa, que al final resultó bien. Mi padre tuvo la sangre fría de operarme, en una época en la que aún no había antibióticos al alcance de todos, y ya unas horas después, en la cama del Sanatorio todo era tranquilidad y buenas sensaciones; no había ya dolor ni tampoco la fiebre que horas antes me consumía.
Así conocí al Sanatorio del Carmen, así conocí a Manolo Sas, y así años después entendí el valor que mi padre había tenido al extirparme el apéndice con esa edad y en esas condiciones tan distintas a las de hoy.
Dos o tres años después de aquello, nos mudamos de Reconquista a la calle del Carmen, muy cerca del Sanatorio y la casa de la familia Sas situada en la finca tras éste. Un mundo nuevo. Mis padres habían encargado la construcción de un precioso y grande chalet de piedra maciza a unos cincuenta metros del Sanatorio y casa de la familia Sas. Y frente a nosotros el Instituto Santa Irene y los campos de fútbol, los frontones, los bosques. Pero esa es otra historia, preciosa historia que siempre recordé y me llevó a plasmarla en un libro recientemente publicado (Mi otra Memoria Histórica). Así que volvamos al Sanatorio del Carmen.
A medida que fui creciendo en edad, fui interesándome más en lo que en el Sanatorio se hacía. Me gustaba la naturaleza, los animales, y por supuesto los amigos y amigas que ya había hecho en Las Traviesas y en el Santa Irene, entre ellos las hermanas Sas, Pilita, Montse, Begoña, Chus, las que más o menos eran de edades cercanas a la mía. Pero también empecé a interesarme por lo que mi padre hacía en el Sanatorio. Sabía, porque lo escuchaba en casa, que operaba a mucha gente; sabía, porque lo veía, que en Navidades la finca en la que vivíamos se llenaba de regalos animales, hasta siete corderos en una ocasión, gallos, gallinas, conejos, incluso grandes cestas de angulas. Todo ello regalo de pacientes agradecidos porque mi padre les había cobrado muy poco, o nada, por operarles y, en muchos casos, salvarles la vida. Recuerdo, lo tengo muy presente, cuando intervino a un empleado de Renfe a quien una locomotora había aplastado literalmente contra el final de la vía. O recuerdo cuando también le salvó la vida a un trabajador que estaba montando un Circo, el Circo Italiano creo que se llamaba, en el campo de fútbol de “arriba” en el Instituto, donde luego se construyó el Instituto Femenino. Aquel hombre, mientras montaban la gran carpa, fue atravesado por una especie de lanza que constituía la cúspide de la lona del circo, al derrumbarse ésta. Estaba jugando por allí, en el campo de abajo y aunque no vi el accidente sí presencié sin saber qué pasaba el revuelo que se organizó y como se llevaron a aquel hombre al Sanatorio del Carmen. Se salvó, aunque desconozco cómo quedó después.
Y todo ello, pero también a instancias de mi padre, acabó por interesarme en conocer más acerca de su trabajo. La primera cirugía que vi me impactó; era un bebé, casi recién nacido, con estenosis del píloro, el esfínter que permite el paso de los nutrientes desde el estómago al intestino. El anestesista, el Dr. Pazo como siempre, aunque en este caso creo recordar que no le anestesiaron con éter sino con alcohol etílico. La operación fue rápida. Una vez que el bebé se quedó dormido mi padre hizo una incisión abdominal y simplemente metió un dedo enguantado desde la parte superior de ese esfínter y fue deslizándolo hasta que el esfínter se abrió por completo. El bebé sobrevivió.
La segunda vez fue más dura. Era un crio de unos doce o trece años que en el campo se había cortado un dedo de la mano derecha a la altura del carpo casi, seguramente faenando en el campo con alguna guadaña o similar. Era realmente dura la imagen, pero el crío aguantaba sin temor. ¿Qué se podía hacer? Hoy habría, hay, alternativas, pero no en aquella época. La única posibilidad era amputar el dedo y así lo hizo. Tras aquello me prometí a mi mismo que jamás estudiaría Medicina, máxime cuando lo que me gustaba era el estudio de la naturaleza, insectos sobre todo. No se puede jurar en falso, siempre se descubre la verdad. Pero aún volví al Sanatorio del Carmen, al margen de cuando iba a casa de la familia Sas, muchas veces. Volví, cuando una tarde jugando en el campo de fútbol del Instituto le produje con la cubierta de metal de la rueda trasera de mi bicicleta una profunda y grande herida en la pierna a mi compañero de clase Faustino Montesinos. Lo llevamos rápidamente al Sanatorio, sangraba a chorro, y llamamos a mi padre. Coser y cantar. Aún volví una última vez, ya a los 22 años, para una nueva cirugía, en mí en este caso, que también mi padre realizó.
En aquel Sanatorio se operaron miles de pacientes, 25.000 decía mi padre que él mismo había operado, no solo de Vigo sino de toda la provincia de Pontevedra. Incluso operó al que había sido el asesino de su hermano. El propio paciente se lo dijo, ya en la mesa de operaciones, mientras le pedía perdón y que le salvase la vida.
Pero el tiempo pasa, la modernidad avanza, o avanzaba, y entre varios médicos de Vigo, Manolo Sas y mi padre incluidos, decidieron montar un gran Centro Médico, POVISA, Centro Médico en el que tuve la satisfacción de colaborar, ya siendo Profesor en Fisiología en la Facultad de Medicina de Santiago, ayudando a montar el Servicio de Neurofisiología.
Manolo Sas y mi padre se fueron a trabajar a Povisa y el Sanatorio del Carmen se vendió y se convirtió en un Hostal. La familia Sas se había mudado a Corujo, a un precioso chalet al que llamaron Breadouro, de muy grato recuerdo también, y el Sanatorio fue envejeciendo hasta llegar a la triste situación actual. Mis padres se vinieron a vivir con mi esposa y mis hijos en Teo, ya en el año 87 y con ello de aquella zona solo quedan recuerdos, muy gratos recuerdos, una vez más, que ahora se entristecen con la noticia leída del cierre del Hostal que aún conserva el nombre original: Sanatorio de Nuestra Señora del Carmen.
Ojalá que el Ayuntamiento de Vigo tome alguna medida y de alguna forma conserve aquel Sanatorio que es ya historia viva de una época. Que no muera.
Jesús Devesa
3 respuestas a “En la desaparición del Sanatorio del Carmen”
Suso cada palabra que escribes siento como si estuviera recorriendo todo,la casa de Sas y de su hermosa mujer, era amiga de pila de Montse,recuerdas el día que explotó el termo de agua caliente en la cocina del Hospital tremendo,sabes de quién me acuerdo de Mónica la enfermera.el Dr. García Lombardero operó a mi madre, tu padre a Jaime mi marido, fué bonito.Un beso.Me va a encantar el libro
en ese sanatorio también nacían niños muertos que no enseñaban eso decían las malas monjas y donde yo desconfío que le robaron dos a mi madre nacidos en este sanatorio uno en el 68 y otro en el 69 donde nacieron pero nadie los vio
Creo que está equivocada Rosa. Vivía muy cerca del Sanatorio del Carmen, allí ejercía mi padre como cirujano y yo iba con frecuencia porque era muy amigo de las hijas del fundador, el Dr. Sas. Allí me operaron dos veces, a los cinco años y pico, o incluso antes. Jamás ví a ninguna monja. Además, en los años 68 y 69 yo estudiaba ya cuarto y quinto de Medicina, con lo que en los fines de semana iba bastantes veces a ese Sanatorio de tan gratos recuerdos. Lo que había eran enfermeras, la jefe se llamaba Mariví y tampoco en esa época vi a ninguna monja. Sí las había en el Almirante Vierna. Por supuesto que pueden haber nacido niños muertos, al igual que, por desgracia nacen hoy, pero para nada se ocultaban. Seguro que es un importante error. Lo siento en cualquier caso. Jesús Devesa