Pues eso parece que soy, al menos es lo que me comentaron varios de los que han leído mi libro “Mi otra Memoria Histórica”, al reírselas de los múltiples errores que cometí en mi visita a DisneyWorld en 1972, o en mi infructuosa búsqueda de hoteles de camino hacia Orlando, o cuando en Pittsburgh tomé un vuelo equivocado y llegué de vuelta a España sin maletas y sin pasaporte. Pero no creo que fuesen problemas de la edad, solo tenía 26 años, sino más bien genéticos o parecidos ya que a los cinco años también cometí múltiples errores, descritos y comentados por los lectores de ese libro. Y a mayores de que debe ser un problema genético incide algo que recordé ayer.
Ayer vinieron a pasar unos días en casa un matrimonio de médicos suizos, con sus tres hijos, íntimos amigos de mi hijo Pablo. O sea, la casa es ahora un caos aún mayor de lo habitual, ya que ademas de mi hijo y su esposa viven: nuestra hija más pequeña, la hermana mayor de mi esposa y nosotros dos. A ellos se suma ahora ese matrimonio suizo con sus tres hijos, se sumará el lunes como muy tarde mi nueva nieta y, por añadidura, los tres nietos hijos de mi hija Ana quienes habitualmente se vienen los fines de semana con nosotros.
Tras este inciso, ayer, como dije, recordé otro importante despiste que pudo haberse traducido en algo más gordo de lo que acabó convirtiéndose en una simple anécdota.
El médico suizo, tras presentármelo mi hijo Pablo, me pregunto si conocía Suiza, le respondí que sí y recordé, entre las risas del médico, su esposa, Pablo y la suya.
Recordé que en el 84 había ido a Basilea, solo, a pronunciar una conferencia invitada y tras visitar una serie de preciosas ciudades suizas tomé el avión de vuelta para España. La sorpresa llegó cuando en lugar de aterrizar en Madrid aterrizamos en Munich. Será una parada pensé, pero no, era el destino final. Me había equivocado de avión y en Munich tuve que coger un nuevo billete para Madrid. ¿Consecuencia? Llegada tarde a Santiago, con Ana esperándome inquieta desde tiempo atrás en el aeropuerto sin saber qué me pasaba ni por dónde andaba. ¿Cómo me admitieron en el avión, igual que me había ocurrido en Pittsburgh años atrás? Misterios inescrutables; ni lo entendí ni lo entiendo.
Pero parece que Suiza ejercía sobre mí un efecto especial porque dos años después, 1986, me volvió a pasar algo similar a lo ocurrido en DisneyWorld en el 72. En esta ocasión me habían invitado a impartir otra conferencia en un Congreso Europeo que se celebraba en Milán. Era a finales de julio, por lo que había tiempo para disfrutar de unas vacaciones, conocer Italia y probar la primera cámara de video, una fantástica Panasonic que acababa de comprar en Santiago. Volamos Ana y yo a Roma, alquilé un coche, conocimos Roma y tiramos hacia arriba para llegar hasta Como, pasando por Florencia, Turín, y empapándonos de la belleza de Italia. Al llegar a Como, precioso, decidí que pasásemos a Suiza para conocer Lugano, otro lugar espectacularmente bonito. De vuelta para Italia me paran en la frontera y el policía de aduanas me pregunta: “Dove hai comprato quella macchina?” Mi respuesta, sorprendido, fue inmediata: “En Portela Seijo, en Santiago…”. El aduanero se quedó sorprendido (yo también lo estaba porque ¿qué podría importarle al aduanero italiano mi cámara Panasonic?); “Dove?”, insistió el aduanero. “En Santiago, en Portela Seijo, son muy buenos y te garantizan calidad”. Ante mi respuesta el aduanero, ya cabreado, me dijo que bajara del coche, que enseñara mi pasaporte, y mostrara todos los documentos. Le respondí que no los tenía, que los había dejado en Santiago (me refería como es lógico a la documentación de la cámara). Más cabreo y confusión, hasta que otro aduanero entendió, y me hizo entender, que se referían al coche, no a la cámara como yo pensaba. Lógico, ya que el coche tenía matricula italiana, yo pasaporte español y venía de Suiza. Por eso les resultaba extraño lo del coche, como a mí me resultaba raro el que un aduanero italiano estuviese interesado en mi Panasonic. Al final se aclaró todo y aprendi que en italiano se llama “macchina” al coche, no a las máquinas de foto o video como yo había creído. Total, todo acabó sin problemas, seguimos ya hasta Milán, pero la risa me invadió casi todo el viaje, al igual que me ocurrió ayer al contárselo al médico suizo. En resumen, lo del despiste es un problema genético, está más que claro. Por eso cuando en el libro me decía la voz que me preguntaba que no entendía cómo había llegado a catedrático de Fisiología y Bioquímica en Medicina tenía toda la razón. Pero llegué. No se si con las nuevas terapias génicas se podrá solucionar eso de los despistes, pero lo pasado es ya irremediable, aunque lo haya disfrutado.
Jesús Devesa