El misterio de la psicofísica


Hace tiempo ya que como seguidor de Cuarto Milenio, ese curioso e interesante programa de Iker Jiménez en Cuatro TV, me sorprendo con la visualización de experimentos, si así se les puede llamar, psicofísicos, en los que en edificios abandonados pero conservados se graban voces o ruidos extraños, como pasos, de todo tipo y aparentemente humanas, incluso de niños. La primera impresión es que puede tratarse de un “truco” televisivo para incrementar la audiencia del programa, algo que, en mi opinión, no les haría falta. Pero son tantas y tantas las veces y tantos y tan diferentes los lugares en los que esos ruidos y voces se han escuchado que inevitablemente te llevan a pensar que son reales. Y entonces recuerdas, como ahora voy a recordar.

Vivíamos todavía en el campo, donde criábamos fantásticos perros de muy alto nivel. Una gozada. Y a mayores, los fines de semana acudían allí a cenar diversos grupos de amigos; Ana se encargaba de la cena, ellos traían las bebidas, casi siempre. Eran noches divertidas, en las que fundamentalmente se hablaba de perros, nuestra pasión. Nuestro hijo mayor, Pablo, tenía unos 8-9 meses, y era el «chichí” de todos nuestros amigos y amigas que allí venían. La verdad, según recuerdo, se portaba muy bien, pese a su edad.

Una de esas noches la cena de los sábados no fue con los amigos del mundo canino. Coincidía con que se había fundado el Instituto Iberoamericano de Endocrinología y Nutrición, del que yo era secretario, y becados por ese Instituto habían venido a culminar su formación en Santiago, dos endocrinólogos argentinos (con sus esposas), un endocrinólogo cubano (ya famoso en su país y al que luego visité en Cuba) y una endocrinóloga paraguaya. No recuerdo el por qué exactamente, pero un día, pasados ya unos meses de la llegada a Santiago de esos becarios extranjeros, se acordó organizar una cena con el que entonces era el Departamento de Endocrinología del Hospital y decidimos, aunque yo seguía perteneciendo a Fisiología pero estaba también integrado en ese grupo por ser yo quien había montado y llevaba el Laboratorio de Hormonas y Bioquímica Especial del Hospital.

La cena se montó en mi casa en el campo, y aquello pronto fue una algarabía, cordero asado desde las 4 de la tarde en el campo de la finca, por los dos argentinos, bebidas, bailes…, un caos del que ya no hablaré y que era consecuencia lógica de la gran cantidad de gente joven que había y el tamaño de la casa.

El caso es que a eso de las 12,30 de la noche, más o menos, suena el timbre del jardín y aparece un personaje especial al que siempre recordé con cariño. Se llamaba y llama Enrique Banet. Era hijo del conocido arquitecto Banet, diseñador o reformador del entonces famoso cine Capitol. Enrique trabajaba en la TVG, y vivía también en el campo, a unos dos kms de nosotros. Era aficionado a los animales y así se entabló nuestra amistad. Fue él quien nos regaló el poney de las islas Shetland, precioso y curioso, que no sé por qué perseguía a Ana cada vez que la veía por la finca, y fue Enrique Banet quien también nos regaló la cachorra de león que permaneció con nosotros hasta que se la regalamos al Zoo de Vigo.

Volviendo a aquella noche, cuando Enrique entró le dije que estábamos en una cena del grupo del Hospital y que no le iba a poder atender. Su respuesta fue inmediata: “Es igual, ven conmigo que te vas a sorprender”. Durante el trayecto hasta casi el final de la larga finca, para alejarnos del ruido y bullicio en la casa, me explicó que traía una grabadora especial con la que íbamos a escuchar “voces del más allá”. Como es lógico me impacto el tema y en la zona más silenciosa de la finca situamos la grabadora en el suelo y en silencio total la puso a grabar durante unos treinta minutos. No se oía nada, pero eso es lo que ocurre, al parecer, con la psicofonía, lo que tú no percibes la grabadora lo capta. Al cabo de esos 30 minutos cortó la grabación y comenzó la reproducción. Nada, pasaron minutos interminables y cuando la grabadora se detuvo no habíamos escuchado nada. Enrique entonces me dijo: “Hay que repetirlo otro día, a veces pasa como hoy”. Nunca lo volvimos a repetir, no sé por qué, pero me quedó la duda hasta ver algunos programas de Cuarto Milenio. Enrique estaba convencido, ahora lo recuerdo, ya que me aseguraba que él había captado voces fantasmales en medio de un profundo silencio en su finca. Yo me quedé con las ganas.

Se lo comenté después a la gente que había venido a la cena y el médico cubano me dijo que si quería un día podíamos probar con la Ouija; él tenía una. Había oído hablar de eso pero tampoco lo conocía. La curiosidad me pudo y organizamos, al cabo de un mes, más o menos, otra cena en la finca para probar la siniestra Ouija. Vino el cubano, dos chicas ex-alumnas, otro ex-alumno, y yo. Ana no quiso participar. Nos sentamos alrededor de una mesa, en la sala, y empezó, en oscuridad casi total, el juego de la Ouija. Otra vez, tras una hora moviéndola con los dedos no ocurrió nada, o sí ocurrió porque el cubano empezó una relación con una de las ex-alumnas que allí estaban.

El que en dos ocasiones yo haya fallado en esos juegos con el más allá no excluye, ni excluyo, el que puedan ser reales. ¿Cómo? Eso es lo que no entiendo. La idea actual es que tras morir nuestro cuerpo se descompone totalmente y lo que llamamos alma se desintegra en partículas cuánticas que se dispersan individualizadas por todos los lugares del Universo. ¿Es realmente así? Parece lo lógico, pero no lo sabemos con certeza. Algunos apuntan a la existencia de Universos paralelos que podrían justificar, en determinadas condiciones, esas voces y ruidos a los que al principio me referí. Otra posibilidad, que se me ocurre ahora, es que por razones desconocidas, esas voces y pasos que se captan a veces, puedan ser el resultado de algo que se dijo o hizo en un determinado momento, hace años o siglos, en un también determinado sitio, y que por características especiales del sitio y energía en un momento determinado se hayan grabado en ese espacio concreto y periódicamente se repitan cuando las condiciones energéticas sean las mismas que las que existían en el momento de esa grabación. ¿Un disparate?, puede ser, pero la realidad es que no lo sabemos. Misterios del Universo y nuestra propia existencia.

Jesús Devesa

Ana y yo, en la finca con los dos primeros hijos y la leona


3 respuestas a “El misterio de la psicofísica”

  1. Hola Suso,llevo años investigand
    o estos temas estoy ahora
    eb Bayona tengo dn Vigo una Psicofonía quw g
    a geabación que controlé. te puedo envia.r una copia dice así:» sotreum somos
    somos sotreum’ y se repite…la pregunta que hicimos fué quienes sois y de donde venís…
    ..al reves pues a veces responden así..
    Somos muertos, somos muertos…

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