Hace unos días, por la tarde, aprovechando que ya no llovía, estaba despejado y la temperatura era buena, se me ocurrió dar una vuelta por uno de los inmensos bosques cerca de los que tenemos la suerte de vivir. Iba solo, se escuchaban pájaros de varios tipos cantando como si ya estuviese aquí la primavera, y de pronto al lado de un gran pino lo vi. Era un gran lobo, macho sin duda por su tamaño, y quizás viejo por el tono de su pelaje, que estaba quieto mirándome fijamente. No me dio miedo, sé que los lobos no atacan a los hombres, por lo que también yo me quedé mirándole a los ojos como si ambos estuviésemos comunicándonos sin saber lo que nos decíamos. Pasaron unos minutos, pocos seguramente, hasta que el animal se dio la vuelta tranquilamente y se perdió en las profundidades del bosque. Y entonces recordé, un recuerdo que desde hace ya muchos años me vino a la mente varias veces.
Eran los finales de los años 70, poco después de que Ana y yo hubiésemos comenzado nuestra relación. Había comprado, a seis kms de Santiago, una gran finca de unos 25.000 m2, por un precio barato ya que en realidad estaba formada por parcelas de gente que hacía años se había ido al extranjero, Argentina fundamentalmente, y en aquella finca decidí comenzar a criar perros de gran calidad, una de mis aficiones favoritas. Habíamos cerrado la finca por completo, construido una pequeña pero muy acogedora casa, y 80 grandes perreras, todas cubiertas en un tercio para que los animales durmiesen y criasen confortablemente. Pronto se corrió la voz y raro era el día que por las tardes no acudía gente a ver los perros y comprar los cachorros. Teníamos dos señoras, campesinas de la zona, que diariamente se encargaban de la limpieza y alimentación de los perros que allí criábamos. allí se criaron también nuestros dos primeros hijos, Pablo y Ana, aprendieron a amar la naturaleza, jugar con un poner rarísimo, de las islas Shetland, que me había regalado un amigo, con los búhos que en una gran jaula con techo, cuidaban de que no entrasen ratas u otros animales a comer la comida de los perros que allí guardábamos o jugar con la leona que el dueño de un circo nos había regalado (en él había nacido). Una vida casi idílica de la que yo solo disfrutaba al volver de mi trabajo en Medicina.
Un día, un antiguo alumno, de la zona de Verín, me trajo una loba herida, herida por el disparo que él le había largado. Curé sus heridas, y me di cuenta de que estaba preñada. La metí entonces en una de aquellas grandes perreras, solo para ella, y todos los días era yo quien le daba de comer; no dejaba que nadie se acercase a ella, seguramente por miedo a más daño del que ya había sufrido. El embarazo iba adelante y un día descubrí que el animal había hecho una gran madriguera bajo la zona techada de su jaula, excavando en el suelo de arena, y allí parió 4 pequeños lobos. Una gozada, aunque una vez más tan solo permitía que yo entrase en la jaula e incluso me dejaba coger a sus crías, sin miedo por su parte.
Los fines de semana nos íbamos, habitualmente, a Vigo, a casa de mis padres para que disfrutasen de sus nietos. Uno de esos fines de semana, al volver a la finca me llamó la atención el ver que la jaula de la loba y sus crías estaba abierta, entré y allí solo vi rastros de sangre en el suelo, pero ni la loba ni sus crías. Intrigado fui a casa de una de las cuidadoras, vivían a unos 800 metros en una pequeña aldea, y le pregunté qué había pasado. Ella, indignada, me respondió que su marido, aprovechando que estábamos en Vigo, había entrado en la finca con una escopeta y había matado a tiros a la loba y las crías y después las había tirado en algún sitio en el bosque; porque, según él eran animales muy peligrosos. Como es lógico todo ello me produjo un gran dolor, también a la cuidadora, y le dije que le dijese a su marido que le quedaba terminantemente prohibido el volver a entrar en la finca. Ya nunca lo hizo, se separó de su mujer, más bien ella lo echó de casa, y meses más tarde se suicidó de un tiro en la cabeza, con la misma escopeta con la que había matado a mi pobre loba.
Nunca olvidé aquella historia, por la loba, por supuesto, y la relación tan especial que solo conmigo había tenido.
Los ganaderos y agricultores odian y temen al lobo, y en parte tiene su razón de ser, pero tras mi experiencia con aquel animal leí mucho sobre esta especie y descubrí lo que nunca, quizás, hubiera pensado:
El lobo nunca come carroña, ni animal ni humana; pasa toda su vida con una sola pareja, sin aparearse jamás con su madre ni con su hermana. Es un animal monógamo, nunca engaña. Si su pareja muere, el lobo se queda solo; conoce bien a sus cachorros: es el único animal que ayuda a sus padres, incluso en su vejez, y les lleva alimento.
Cuando matas a un lobo, te mira a los ojos hasta que fallece; es un 25 % más inteligente que un perro y se dice que es el único animal que no se somete al entrenamiento. Los lobos piensan, sueñan, hacen planes, se comunican inteligentemente entre sí y se parecen a nosotros más que cualquier otro ser vivo.
Por eso, cuando el otro día el lobo de ahora me miraba fijamente y sin miedo pensaba que quizás estaba tratando de comunicarse de alguna forma que no puedo entender, como tampoco para qué, pero sí es cierto que me impactó, como me había impactado y lo sigue haciendo la historia vivida con mi loba y sus crías hace ya tantos años.
Jesús Devesa
